• Leopoldo Hernández

Las torsiones de la ruta



En noviembre de 2018, una caravana migrante integrada originalmente por 500 personas partió de San Pedro Sula con destino a los Estados Unidos de América. En el camino, se les unieron personas de Nicaragua y Guatemala, hasta sumar alrededor de 3,000 personas que entraron a suelo mexicano por Tapachula, Chiapas, y recorrieron alrededor de 4,000 kilómetros a lo largo de Oaxaca, Veracruz, Puebla y CDMX, donde la caravana se dividió en dos trayectorias divergentes rumbo a diferentes accesos a la Unión Americana. A su paso por Puebla, el periodista veracruzano Leopoldo Hernández documentó historias de vida de algunas migrantes. A continuación se ofrece una de las más desgarradoras.


“Dios escribe derecho en renglones torcidos”, soltó el padre Gus horas antes de que llegaras a esta ciudad hasta la cual, cansada y con las horas que marcan la diferencia, no pudiste viajar en algo que no fueran las plantas de tus pies.


No lo sabías, a diferencia de tus compañeras: el camino no es fácil, y menos cuando, con tus apenas 19 años, vienes cargando hijos. Eres nuera de alguien que trae consigo a una prole que supera la decena. Y el trayecto se retuerce cuando preguntas tiempos imaginarios para llegar a un supuesto destino donde no serás bien recibida: a este paso, unos 20 días.


Y haces muecas, ya que vas de salida de un lugar cuyo nombre no recordarás, ubicado justo enfrente de la iglesia de la Asunción, donde tus hijos durmieron, comieron, intentaron ser niños y tú revoloteaste en tu bolso medicamentos que vienes acumulando desde hace días para ahora calmar este dolor de cabeza que no te deja en paz.



"Me puse de acuerdo con mi marido", me dices, y él nos alcanza. Era noviembre de 2018. En ese entonces, Trump no se bajaba de la mula contra los migrantes; que intentaran llegar por miles no era una buena idea. ¿Y ahora? Dónde estás, Xinia, la mujer que vendía saquitos de naranjas a 100 lempiras* a quien le fueron a cobrar impuesto de guerra bajo riesgo de muerte.

*Moneda hondureña, aproximadamente 86 pesos mexicanos (Nota del editor).



¿Qué hay de esas otras mujeres que te acompañaron? Una de ellas carga con un historial de terror. Algo hicieron mal bajo las reglas de quienes mandan en Centroamérica: Las Maras. Llegó la amenaza y el posterior asesinato de su hijo frente a ella. Su pareja también fue víctima. Los dos en su propia casa. Y a Miriam sólo le quedó asumir la advertencia de las 24 horas de vida, agarrar lo posible, tomar camino y la vida, venciendo a la muerte, la encaminó con la Caravana de Migrantes, ya en México, luego de atravesar Guatemala y el Río Suchiate.



Y Xinia trae como muletillas la violencia, pobreza, y desempleo; además de un edredón, una carreola que le regalaron en Huixtla, Chiapas, y el deseo que se van diciendo a cada kilómetro entre ellos sin conocerse: hay una gran oportunidad para trabajar.


Y los renglones torcidos vienen bien torcidos. De eso sabe Yolanda, quien con dos hijos que superan los diez años, carga además la experiencia. Un cruce anterior por el desierto de Altar, Sonora, le hace reconsiderar el momento: viene el frío y es mala decisión intentar por ahí. Y si es primavera, el enemigo es el calor. Más bien, esa ya no es opción.


Cuatro estados de la Unión Americana le dan la experiencia para tener un escenario distinto. Sabría cómo moverse pero anda enfrentando el terreno más difícil: México. Y sin dudar lo suelta: "Para mí, aquí no es opción, es igual a mi país".



Y entonces el padre Gus, con años de experiencia en el trato con migrantes levanta los hombros y asume que no hay nada más que hacer, sólo reconfortar, alimentar, dar espacio de descanso, explicar sobre lo que viene adelante y tirar bendiciones al por mayor. Ver alejarse a quienes quizá jamás se vuelva a ver.


Los niños revolotean en el parque frente a la iglesia y unos camiones se acercan. Ya antes unas camionetas llegaron cargadas de hombres rezagados de la Caravana, a los que nadie levantó en la carretera. Son la mitad de los olvidados; la otra mitad son las mujeres, quienes además traen mayor carga y responsabilidad, y justo por eso esta mujer de 19 años, con ojos cafés, vidriosos por falta de sueño, no deja de estar al pendiente de sus hijos. “¿Y qué hago?”, medio dice, medio que no, mientras los niños se funden con otros niños. Unos duermen, otros comen, otros de plano sólo miran algo que quizá no recordarán, como el estar recostados en un parque sobre cobijas regaladas en un sureste mexicano caluroso. Sólo queda la espera. En ese entonces no lo sabían pero en 45 minutos todos iban a subir a autobuses que les iban a llevar a la Ciudad de México, a poco menos de medio camino de su sueño.




Leopoldo Hernández para PUEBLAYORK

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