• Álvaro Ernesto Obregón

Pisteando con el rebelde del acordeón


Fotografía de Markolino Charrez.

Veía los ojos de Celso y me parecía uno de esos Santo Clóses de barrio, que no les da pena ir borrachos y felices.


La película Ya no estoy aquí, liberada en Netflix hace poco, ha cautivado hasta al crítico más obtuso con la historia de Ulises, un morro regiomontano perteneciente a la cultura “Cholombiana”. Sin embargo, a pesar de que mucha gente cree es una onda dosmilera, el gusto por lo colombiano desde el Cerro de la Silla se remonta a los años setentas en la colonia Independencia, de la mano del llamado “Rebelde del acordeón”, Celso Piña. Ése que les mencioné al principio.


La primera vez que conocí a Celso fue por allá del 2002, y fue en vinyl. Por aquel entonces yo quería ser DJ y me arrimaba a la cantina “La mascota”, en el centro de la CDMX, que era famosa por servir botanas para chuparse los dedos y porque los lunes en la tarde se reúnen sonideros a intercambiar discos o simplemente a echar la guáguara. Allí me vendieron un acetato pirata de Celso. Yo entonces no lo conocía pero me convencieron diciéndome que era nuestro gallo en materia de cumbia.


“Es tan rasposo que no hay que ponerle aguja a la tornamesa… sino una fibra para los trastes”. Esto lo dijo un sonidero que lo odiaba. Les juro que pensé que habría golpes, pero no; solo me llevé el disco a casa y escuché como cien veces: La cumbia de la paz.

 

Muchos años habrían de pasar hasta que me encontré con Celso en el VIP del Faro de Oriente. Luego de tocar hora y algo, todavía bailó con 40 mujeres, quienes hicieron una fila enorme para bailar con el rebelde. Les juro que muchos hombres nos quedamos con las ganas de formarnos en esa fila.

 

A toda capillita le llega su fiestecita, y en noviembre del 2012, luego de la proyección en el Monumento a la Revolución de su documental El rebelde del acordeón, me invitaron al after. Allí no sólo compartí tacos de canasta y cervezas con un hombre que a todas luces era a todo dar, sino que además tuve el gusto de entrevistarlo. Me contó que de chavo le gustaba oír a los Beatles y a los Rolling Stones, pero algo le picó, “Descubrí lo más bello que me pudo suceder: conocí Colombia, la cumbia y el vallenato”. En sus propias palabras, fue una friega. La gente en Monterrey le sugería: “Celso, toca lo de acá. Con esa música atraes puro malandro, puro gay, pura lesbiana”. Entonces le pregunté, “¿Y por qué no tocabas norteñas? Destapándose una chela, me dijo: “Porque eso lo tocaba cualquiera, yo quería tocar esto otro que nadie tocaba”. Así, la noche transcurrió entre risotadas y cervezas, una tras otra, anécdotas de un tipo que llevaba a su esposa consigo y que le decía que le diera a los tacos o se iban a acabar.

 

Alcanzado el punto de la embriaguez, le pregunté: "Pero Celso… a poco ¿Nunca te gustó lo norteño?¿No harías un mano a mano con Ramón Ayala?".

Entonces me miró como ése Santa borracho de barrio y se río.


“Pos claro que me encanta, si era fan de los Alegres de Terán, pero lo mío era otra cosa, si a mí nadie me enseñó a tocar el acordeón y luego cuando tocaba, mi jefe me decía: 'Suena bien guango'. Y ahí me tienes otra vez a practicar. Y mira… si tú le dices a Ramón, yo toco con él. ¡A huevo!”.

 

Le pregunté sobre cumbia poder y hablamos en tonos borrachos. No recuerdo qué dijo, pero terminó diciéndome que si no fuera por eso, no estaría allí, entrevistándolo. Entonces le conté que tenía un disco pirata suyo, pero que no llevé por pena. Se rió y me dijo: “Pos te lo hubieras traído. Ese bisne nomás le importa a las disqueras”.

 

Nunca pude contactar a Ramón Ayala ni volví a hablar con Celso. A veces pienso que debí insistir pero, como esas cumbias que narran la vida de fracasados, descorazonados y borrachos… es algo que sólo llevaré en mi corazón hasta que muera.



Por Álvaro Ernesto Obregón para PUEBLAYORK


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