• Alma Nallely Campos

Bajo un mismo cielo



Hace tres años, una mañana del mes de julio, salí de casa con el corazón desgarrado, con una maleta en mano, en ella una fotografía de mis padres y un juguete preciado que mi hijo puso en mis manos. Desde que nació mi hijo, no nos habíamos separado, pero esa mañana teníamos que hacerlo. Nos enfrentábamos a algo desconocido, él al despertar no me encontraría ya a su lado, y yo estaría ya viajando sin él a mi lado, sin mi familia y a un mundo ajeno al mío en un país desconocido, sin el idioma y sin saber lo que dios nos tendría preparado a ambos.


Desde el primer momento y minuto nada ha sido fácil, quiero pensar que es igual para la mayoría de la gente que busca algo mejor para sus hijos, padres y para nosotros mismos. Pasé buscando durante casi dos meses trabajo y acostumbrándome a convivir con conocidos con quien solo había convivido muy poco, cuando ellos visitaban familia en México. Comencé a trabajar en una factoría (imprenta), aunque era un trabajo temporal, como me lo dijeron al aceptarme. Fue un trabajo de mesa como le llaman aquí, era armar calendarios y agendas. Me sentí extraña a las miradas de las demás compañeras de trabajo que me comenzaron a decir que el trabajo era rápido, que no podía hablar mucho, que no podía casi ni respirar y que si quería ir al baño tenía no más de cinco minutos. Trabajaba de lunes a viernes de 8 am a 6 pm y algunos sábados también. Me acogieron dos señoras mayores a las que les llamé mis tías y que con ellas trataba de hacer más amena mi jornada laboral, y de las cuales aprendí a hacer más rápido el trabajo. Meses después me propusieron aprender a montar los diseños en las máquinas pequeñas e inmediatamente dije que sí, aprendí y pasé a las máquinas más grandes, a tal grado que cuando casi se terminaba mi tiempo del contrato y comenzaban a despedir al personal de contrato temporal y al cual yo pertenecía, me dijeron que me quedaba de manera permanente, lo que les dio mucho gusto a mis tías, pues había logrado quedarme con ellas aún cuando solo ya las veía cuando tomábamos el lunch. Pero siempre trabajando con el pensamiento y extrañando a mi hijo a mis padres ya mayores y siempre esperando la hora de salida para poder llamarle y saber como se había pasado su día, pero ahogando el llanto al siempre escucharle preguntarme ‘’Mami, ¿cuándo vienes?’’. Son frases que me parten el corazón y también me impulsan a seguir adelante hasta el día de hoy. Siempre le digo que aún cuando no estemos juntos, el cielo y las estrellas que él mira allá en casa son las mismas estrellas y el mismo cielo que yo veo acá y que eso es lo que nos une, que lo extraño como no tiene idea pero que pronto estaremos juntos. Mi estancia en la factoría duró año y medio, ya que decidieron trasladarse a Pensilvania. Me invitaron a irme con ellos, lo cual no hice para no preocupar más a mis padres con irme, como ellos me dicen, más sola, ya que para ellos el saber que hay allá por lo menos un familiar cerca de mí, cuando de sobra sabemos que aunque los tengamos, acá en este país son muy pocas las familias que tienen esa comunicación o relación, como podría llamarse. Por lo poco o mucho yo me he dado cuenta y sí lo he dicho, que acá no hay familia ni conocidos ni nada, acá cada quien lucha como puede y con lo que puede.


Así que volví a quedarme sin trabajo y a tener que buscar nuevamente. Casi al mes, logré entrar a trabajar a un preescolar de gente judía. Trabajo sola en limpieza, y es aquí a donde hasta el día de hoy sigo trabajando y tratando de lograr lo que me he propuesto, queriendo traer a mi hijo conmigo y que esa distancia que nos separa, todos esos momentos que no he podido compartirlos con él, se terminen. Sé que tal vez mi historia no se compara con la de muchas mujeres, madres, hijas, etc. Pero esta es mi historia en este país y en el cual mi único anhelo es tener a mi hijo conmigo, él es mi razón de ser y mi motor para salir adelante.


Alma Nallely Campos para PUEBLAYORK

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